viernes 4 de diciembre de 2009

Mujeres hermosas

Antes de adentrarme en el verdadero propósito de éstas lineas tengo que aclarar algo: soy fan de las mujeres. Los loqueros llevan varias décadas tratando de convencernos de que cuando somos niños, a los varones el sexo opuesto nos parece distinto y no nos gusta: mentira podrida, al menos en mi caso. Siempre me han entusiasmado las chicas, desde que fui consciente de que la difencia era algo más que en el vestuario.

Me gustan tanto las mujeres que tengo todos sus discos, que les concedo un poder y una inteligencia superiores. Para mí una mujer es la mezcla de un ideal mitológico, una fábula y una obra de arte: algo tangible, pero a la vez enigmatico y trascente; mutable como las mareas, misterioso como el amanecer y deseable como un estómago satisfecho. Para mi una mujer no puede ser prevista, como no se puede prever la eclosión de las flores; no se pueden estudiar ni analizar. Son como la naturaleza, te atraen con su imagen, su olor, su tacto y puedes amarlas o despreciarlas: pero nunca entenderlas.

Que Dios creara tal asombrosa suma de c
ualidades y defectos a partir de una única costilla es una contundente muestra de su poder. Decidir que fuera la contrapartida del hombre en una especie con dos sexos y sin acompañarla de un manual de instrucciones, es una muestra de su retorcido sentido del humor.

Sin embargo que eso nos desvíe del propósito de éstos primeros párrafos: quería dejar bien claro que me encantan las mujeres. De cualquier condicion: inteligentes, tontas, simpáticas, sencillas, tiernas, duras, altas, bajas, anchas, estrechas, de belleza exterior o de belleza interior (sin importar cúan interior sea).

Esclarecido éste punto,
de lo que quería hablarles en esta entrada es de un tipo concreto de mujer, entre todas las llamadas a tal condición: de la mujer hermosa.

La ventaja de vivir en una economía de subsistencia moral, es que en nuestra sociedad todo vale. Hemos frivolizado tanto y con tantas cosas que las apariencias son la verdadera fuerza que mueve nuestra cultura. Las apariencias afectan a la economía, el arte, la ciencia, la política. Si algo parece bueno hoy en Occidente, entonces seguro que lo es. Si instalaramos un Hymalaya de cartón piedra en la Sierra Norte de Madrid, álguien intentaría escalarlo o al menos viajará hasta alli para poder hacerse una foto frente a la montaña de cartón piedra más alta del mundo. Es más, si tal cosa se hiciera real, servidor será el que tenga el kioskillo de cerveza y gambas donde se puedan comprar las camisetas de rigor.

Es por eso que las reinas de nuestro entramado sociocultural sean las chicas bonitas. Por que no importa que sean inteligentes, buenas profesionales, verdaderas artistas o estén siquiera capacitadas para aquello que sea que hagan: basta con que sonrian al público adecuado.

No quisiera que me malinterpretaran, ellas no han pedido que el mundo
sea así. Estoy convencido que una médico de buen ver ha superado los mismos exámenes que cualquier facultativo del gremio. Pero seguro que incluso aunque no lo aprovechara, o no fuera consciente de ello, en las revisiones la trataron algo mejor o pilló al de fisiología mirándole las piernas en más de una ocasión.

Muchas veces he oido protestar a amigas y compañeras por que tal o cual compañera de clase o de promoción había entrado suspensa a un despacho y su generoso escote le habia granjeado un profesor solícito y complaciente. Es más, como seguro que muchos, en
el trabajo he escuchado la clásica mierda machista de "Esa ha promocionado gracias a..." o "esa no da ni golpe, pero se trabaja a... " todos sabemos lo que sigue. Y mentiría si dijera que es un comentario más frecuente en hombres que en mujeres: la basura no entiende de sexos.

Por tanto, desde el peor blog de internet, quisiera romper una lanza en favor de las mujeres hermosas. Ni es su culpa, ni pidieron nacer así. Somos la suma de individuos que componemos nuestra civilización, quienes hemos combertido la belleza en un activo poderoso. Y no se escandalicen cuando tal o cual se opera los pechos, los labios, la nariz; se mata haciendo ejercicio y dieta o luce un vestuario atrevido: nuestro mundo es así de injusto e imperfecto. La belleza compra cosas con la misma solvencia que el esfuerzo o la inteligencia (o más, según que cosas) y en ésta vida uno juega con las cartas que tiene en la mano y con las que consigue escamotear. Nada más.

No quisiera terminar ésta reflexión sin decir algo a aquellas que no se sientan ni quieran sentirse incluidas en la denominación que nos ocupa, ni falta que les hace: ustedes se lo pierden. Sin pudiera, servidor llevaría tacón de aguja y al carajo la mogigatería hipócrita. Conciencia y cobardía son la misma cosa, solo que conciencia es el nombre comercial. La madre naturaleza les dio unas armas, señoras, además de su cerebro y sus poderes mágicos: usenlas y recuerden lo que dijo el poeta: "En el mundo común de los hechos, los malos no son castigados, ni los buenos recompensados. El éxito se lo llevan los fuertes y el fracaso los débiles. "

Me gustan tanto las mujeres, es suma, que siempre he querido ser el agente de una actriz porno.


Eso es todo.



H. W.

martes 17 de noviembre de 2009

Un chico analógico en un mundo digital.

Bien es verdad que con una naturaleza confortable, la humanidad nunca hubiera inventado la arquitectura. Que en éste mundo tan trágicamente imperfecto, la tecnología y el desarrollo técnico han mejorado ostensiblemente nuestra vida. Los auténticos héroes actuales ya no son soldados cubiertos de fango, ni conquistadores cubiertos de oro: son científicos y técnicos. Personas que con su fecundo esfuerzo han desarrollado tecnologías que nos han hecho alcanzar cotas mareantes, incluso para el más visionario Leonardo da Vinci. Estoy de acuerdo con que internet ha hecho un Planeta Tierra mucho más pequeño: cualquiera que crea que tiene algo que decir (como un servidor) puede hoy por hoy, colocar su mensaje en la red y asquear a todos aquellos que tropiecen con él por casualidad. Los avances de los últimos cien años nos han hecho más altos, más fuertes, prácticamente ubícuos: seres legendarios. Ojalá nos hubieran hecho también más inteligentes, pero qué le vamos a hacer. Además he de admitir que sin la constante entrópica humana, el mundo perdería gran parte de su interes. Soy un antropocentrista y los ecologistas pueden irse a paseo; si no fuera así, servidor no tendría sobre qué escribir.

Sí, yo también lo siento.


No obstante, permítanme estar en el grupo de cola de ésta avalancha de silicio y electrones. Permítanme ser una mogigata ceñuda en la orgía binaria de internet. Confieso que soy un hipócrita, pues fuera hace una mañana preciosa, mientras que yo aquí sentado aporreo teclas y masturbo las meninges con la solícita asistencia de las nuevas tecnologías.

Tampoco se trata de que internet me haya hecho nada en concreto. Todo lo contrario. Sostengo, y estoy dispuesto a enviar mis padrinos a quien lo solicite, que una casa sin internet es un jardín sin flores. Pero m
e temo que hay quienes empleamos agradecidos los cucharones soperos y quienes se fascinan con el aspecto, forma, color, fabricación y sutilezas de los mismos. Personalmente pertenezco al primer grupo. Internet y la electrónica en general son herramientas formidables, pero las encuentro fenomenalmente aburridas cuando la conversación versa sobre ellas. No es que me parezca mal que haya personas a las que emocione tener el nuevo movil con afeitadora de luxe y colchón inflable, pero no me miren mal cuando bostenzo ostensiblemente tras más de quince minutos de conversación sobre el tema. Sencillamente no puedo evitarlo, es como el ruido blanco: muy apacible.

Así pues me confieso: prefiero los libros impresos a los digitales, me gusta ir a la compra en la tienda del barrio, para que mi pituitaria vagabundee libremente manoseando toda la mercancía. Prefiero un café, una cerveza y el insalvable humo de tabaco mientras mantengo una conversación, que el incesante tableteo de los teclados en los chats o los foros. Me gusta mirar a los ojos de mi interlocutor y saber que puedo saltarselos; antes que tener conversaciones enlatadas y asépticas a través de una webcam, un micro y la madre que los parió.

Sé que soy un dinosaurio moderno. Tan completamente fuera de lugar, como un reloj de bolsillo en un expositor de Casio. Como un Spectrum en un PC City.


Y la verdad es que me encanta.


Amén.

H.W.